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Enfrentar el estrés a menudo desencadena reacciones sorprendentes en nuestro cuerpo, como ese agujero en el estómago o el repentino antojo de algo dulce y poco saludable.

Cuando trabajaba en diseño, el estrés y la ansiedad se convirtieron en mis compañeros habituales, causando malestares estomacales, acidez y problemas digestivos.

Este fenómeno es una interacción de múltiples factores, en parte relacionado con mi punto débil – el estómago – y en parte debido a mis patrones de alimentación descontrolada. Tener un cajón lleno de galletas, palitos de pan, tortitas y chocolate se volvió mi manera de lidiar con el estrés.

El Vínculo entre estrés y hambre

El cortisol, una hormona asociada a los ritmos de sueño y vigilia, juega un papel central en esto. Durante el día, los niveles de cortisol fluctúan naturalmente. En situaciones estresantes, el cortisol transforma azúcar y grasa en energía para hacer frente a la tensión.

En nuestro pasado, el cortisol nos ayudaba a huir del peligro. Pero en el mundo actual, el estrés a menudo se convierte en algo crónico. Esto afecta la regulación del apetito, haciendo que el deseo de comer, especialmente carbohidratos, aumente significativamente.

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Comer para calmar las emociones

La alimentación emocional es una respuesta a nuestras emociones negativas. Cuando el estrés nos atormenta, buscamos consuelo en la comida. No siempre es hambre real, sino un intento de enfrentar la ansiedad, tristeza o aburrimiento.

Este tipo de hambre se caracteriza por una necesidad impulsiva e incontrolada de comer, con la intención de satisfacer un conflicto emocional no resuelto.

Desenmarañando la relación entre emociones y alimentación

La regulación de la ingesta de alimentos se basa en dos mecanismos: uno que estimula el apetito y otro que lo inhibe. Estos procesos dependen de la glucosa en sangre y del tejido adiposo, y también son influenciados por factores externos.

En momentos de estrés, ceder ante alimentos altos en calorías y azúcares puede parecer un «premio» tentador para aliviar la irritación y el agotamiento. Además, el estrés prolongado afecta la hormona grelina, hormona gástrica, que aumenta el apetito. Así, la comida se convierte en una forma de evadir la ansiedad y la angustia.

Cortando el círculo del estrés

El estrés tiene raíces emocionales profundas. A menudo, comemos para compensar estas emociones incómodas, creando hábitos poco saludables que intensifican el ciclo del estrés. Es un círculo vicioso.

La clave está en identificar las causas subyacentes y adoptar estrategias saludables. Romper este círculo implica entender las emociones que lo alimentan y encontrar soluciones más funcionales.

Te invito a aplicar estos consejos para manejar el estrés emocional y la relación con la comida.

Si necesitas más orientación, no dudes en contactarme a través de hola@merchemoriana.com. Juntos, podemos romper el círculo del estrés y encontrar la paz emocional que mereces.

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